Se mudó de colonia y no sabía lo que le esperaba

Un relato sobre la vida después de los suburbios ¿es lo que esperaba?

Esta es la historia de Adolfo.

Adolfo nació y creció en una casa mediana con sus papás y hermanos. Era una casa igual a las demás, pero de un color vivo y alegre, al igual que el automóvil familiar, porque así le gustaba a su padre. El patio frontal de su casa era amplio, lleno de plantas bonitas y flores, estaba cercado con rejas, pero a pesar de ello platicaba y jugaba con sus vecinitos de al lado, las rejas servían de red para jugar con pelota, podía intercambiar juguetes y saludar.

Al caer las tardes, Adolfo y sus hermanos podían salir a jugar con la pelota, el patín o a las carreritas en la calle amplia, resguardarse frente al frondoso árbol de la banqueta, jugar con los otros niños de la calle y si mamá lo permitía, visitar al parque que estaba al final de la calle.

Mamá y papá tenían muchos amigos que vivían cerca unos de otros, la vida era muy tranquila y amable. Cuando Adolfo creció un poco más, mamá lo empezó a enviar al supermercado, estaba a tres cuadras de su casa. Iba por las tortillas, el cilantro, un poquito de jamón para un sandwich y si le sobraban 3 o 4 pesos, compraba un pan dulce. A veces al regresar de la escuela, compraba una nieve y se regresaba disfrutándola a casa, de vez en cuando hacía parada bajo la sombra de los árboles del parque, saludando a las mascotas de las calles. La vecina Martha lo saludaba al regar las plantas, don Marcelo lo elogiaba por su estatura mientras lavaba su carro, doña Estela le sonreía desde su tienda de regalos. -Qué buen joven – decían ellos. –


-Qué vida tan ordinaria – Decía Adolfo. – Yo ya no soy un niño como para que haya tantos festivales en el parque y que todos me conozcan. Quiero ser algún día, algo diferente, vivir en un lugar diferente, estudiar algo diferente.

Y pues así fue. Persiguió una vida creativa y eventualmente llegó a estudiar arquitectura. Adolfo se sentía realizado, al regresar de la universidad a la casa de sus papás (donde todavía vivía), las calles seguían limpias y bonitas, algunos vecinos se habían retirado, dejando árboles y fachadas erguidas y dignas. La gente llegaba y se íba con el paso de los años, pero de alguna manera todo seguía siendo transparente, le seguían saludando, el repertorio social no disminuía.

Aún en la universidad, Adolfo no necesitaba un automóvil, caminaba 3 cuadras a la parada de autobús, y éste lo dejaba justo en la puerta de la escuela. La mayoría de sus amigos llegaban en automóviles muy bonitos, con aire acondicionado. -Cómo me gustaría andar en auto durante el verano-. Pero por mientras, leía una veintena de libros al año cada que viajaba en autobús y ejercitaba su cuerpo de manera natural con el diario caminar de las mañanas y las tardes. Una vida un tanto aburrida a su parecer.

En la escuela, bajo muchos tipos de influencias, especialmente críticos del modelo tradicional de urbanismo americano (que hay que recalcar, Adolfo vivía en México). Adolfo entendió que la monotonía (alegre) que vivía, se llamaba «suburbios», porque todas las calles eran iguales, porque todos tenían patio, un automóvil familiar y un gran árbol, además de vivir lejos del centro de la ciudad, o así le dijo un profesor. Y entendió que en parte el desdén y aburrimiento que sentía por su colonia pudiera mejorar si viviera en el núcleo de la ciudad. En fin, la espinita se almacenó en un librero lejano de su cerebro, además escuchó el concepto muy a la ligera. Adolfo se graduó y continuó a su vida laboral, conoció a su futura esposa y cuando entró a trabajar, se propuso ahorrar para buscar un lugar dónde vivir y formar una familia.

Así pasaron los años, el mercado inmobiliario se fue inflando y a pesar de batallar un poco para acercarse al costo promedio de vivienda, logró un ahorro decente. Buscando por más de un año, Adolfo y su ahora esposa exploraron muchas posibles viviendas para compra, con algunas decepciones por los precios, pero con los ánimos altos de tener su propio lugar para vivir. Sin embargo no les fue posible comprar nada que estuviera cerca del lugar donde vivían, en aquellos «suburbios» que 30 años antes eran periferia

Encontraron una vivienda dentro de una privada que estaba cerca de otras privadas. Adolfo no recordaba nada malo acerca de este modelo de sus libros de urbanismo americano. Los vendedores le hablaron de un excelente modo de vida privado y de alta seguridad, con casas modernas y bonitas, además de buenas vistas de la ciudad, ya que estaba en un cerro. A 5 minutos de la frontera, a 15 minutos de su lugar de trabajo, con un oxxo en la esquina. Las casas fuera de las privadas eran todas creativas y diferentes (no hay que juzgar solo por apariencias), diseñadas y construidas por los propios residentes. Tomaron la decisión de comprarla un lunes en la mañana y se mudaron al año. Todo parecía ir bien.

Todo iba de maravilla hasta que una noche quemaron un carro cerca de la privada, se llenó toda la zona de humo, tuvieron que evacuar la casa. A la semana siguiente descubrieron que no podían dejar las ventanas abiertas sin supervisión y tenían que dormir con las ventanas cerradas, porque quemaban basura a menudo en el perímetro de la privada.

No había a donde ir caminando, el oxxo de la esquina tenía tanta fila para pagar, que era más rápido tomar el carro, manejar 20 minutos al supermercado más cercano y realizar las compras casuales del día. El único parque cercano estaba cercado porque le pertenecía a otra privada.

Las casas creativas invadían las banquetas de 50 centímetros de ancho, las bardas de las privadas eran altísimas, caminar de un lado a otro se sentía peligroso, las calles irregulares, vacías y angostas, llenas de automóviles estacionados mitad en la calle, mitad en la banqueta, que obligaban a uno a caminar en la calle o a arriesgarse a que un perro les mordiera la ropa al caminar.

A pesar de que todo parecía cerca en el mapa, visitar un puesto de tacos nocturno implicaba subir pendientes bastante peligrosas sin banquetas. Al reportar sucesos peligrosos, la policía rara vez llegaba, los bomberos tampoco, no cabían sus camiones en los callejones ni podían dar vuelta en ciertas calles. Por las vialidades principales se atravesaban camiones de carga porque había naves industriales cerca. No se observaban niños ni familias.

Tuvieron que comprar Adolfo y su esposa un carro cada quien para ir a trabajar, el transporte público quedaba muy lejos y pasaba como tres veces al día. Entonces dejó de haber tiempo para leer. Salir de la colonia tomaba más de 20 minutos en automóvil y como nadie caminaba (o podía caminar), las vialidades estaban saturadas de coches. Nadie conocía a su vecino y las personas se refugiaban detrás de rejas de acero en todas sus puertas y ventanas. Los únicos que parecían disfrutar las calles eran personas que se veían sospechosas y muchos perros callejeros. Ni hablar del excremento en la calle.

No quedaba otra que quedarse en casa. Cuando Adolfo llegaba a comentar con sus amigos sobre su situación de vida, recibía respuestas similares a:

-No hay vivienda para todos, es la única manera.

-Las privadas son la manera más segura de vivir.

-Al menos estás viviendo en una zona de alta densidad, no como en los suburbios del mal.

-No puedes ser tan malagradecido.

Adolfo descubrió con los años, que esa zona de la ciudad, a pesar de ser céntrica, fue creciendo a través de invasiones. Las mismas personas hicieron su trazo de calles, no había muchos residentes permanentes, no había a quien saludar, a dónde caminar, a dónde ir a descansar. Cayó en cuenta que la felicidad que experimentó en su juventud, no se volvería a repetir a menos de que huyera de ahí.

Pero cómo, si los ahorros de toda su vida de él y su esposa estaban ahí. -¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué falló? – Se preguntaba.

-Me arrepiento de no haber valorado mi antigua colonia, de no haber disfrutado sus parques, de no haber saludado más, caminado más, respirado más ese aire limpio.

La vida era bella en aquellos «suburbios» mexicanos, que no eran mas que una sección bien planeada de la ciudad, conoció al fin la manera en que vive la mayor parte de la población. La ciudad dejó de ser bonita. Había que hacer algo.

-¿Cómo podemos arreglar esto?- Preguntaba su esposa

Realmente no hay manera, solo puedes intentar salir de aquí.


Esta historia la he pensado mucho. Cuando me he atrevido a decir que la ciudad no es bonita (Tijuana), recibo mucho feedback negativo. Con el tiempo uní los puntos de que quienes opinan distinto normalmente viven en buenas zonas de la ciudad. Quienes viven en estos lugares tan hostiles no tienen suficiente voz para realizar cambios u opinar al respecto.

La ciudad se compone de todas sus partes, no solo de aquellas zonas fotografiables donde viven los pobladores originales.

Esto es solo para pensar más allá de nuestra condición de vida y valorar lo que tenemos, mucho o poco, porque podría estar peor sin nosotros siquiera saberlo.

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